A las 8 am sonó mi alarma y me desperté para acudir a ejercer mi derecho al voto. Vestida de blanco, cédula en mano y acompañada de mi familia, caminé dos cuadras y media hacia la primaria Rubén Darío, una escuela pequeña y en buenas condiciones. Era la Junta Receptora de Votos número 180. En la entrada custodiaban unos jóvenes policías electorales. Detrás de ellos, en la pared, el padrón y la bandera de Nicaragua.







